Los errores médicos, los fallos en la prescripción de medicamentos, las reacciones adversas a los medicamentos (RAM) o la cirugía matan a más de 225.000 personas cada año sólo en Estados Unidos. Releo sobre ello ahora en el libro que una lectora me ha regalado, El estudio de China, del médico e investigador T. Colin Campbell.

Cita el autor de este libro sobre la importancia de la alimentación en la salud, un estudio publicado hace ya algunos años en el Journal of the American Medical Association (JAMA) por la doctora Barbara Starfield. Los datos convierten al sistema sanitario estadounidense en la tercera causa de muerte del país tras las enfermedades del corazón y el cáncer.

Datos similares, de estudios parecidos, fueron los que me llevaron a iniciarme hace ya doce años en la investigación de las prácticas farmacéuticas y sanitarias. Muchas personas fallecen, y otras muchas más quedan heridas aunque sobreviven para contarlo, tras la ingesta de un fármaco. Hay que destacar que tratamos sobre el efecto nocivo, imprevisto y no deseado de un fármaco tomado a dosis normales, las recomendadas por el laboratorio y que el médico receta.

Incluso utilizando medicamentos autorizados y procedimientos correctos en relación con la medicación, más de 100.000 personas mueren sólo en EE.UU. cada año debido a reacciones adversas imprevistas. Esa cifra no incluye las decenas de miles de personas que afectadas por una incorrecta administración y un uso indebido de los fármacos. Tampoco incluye los daños de los medicamentos que han sido etiquetados como “efectos posibles” ni de fármacos que no consiguen el objetivo previsto.

Como indica Joan-Ramón Laporte, catedrático y director del Instituto Catalán de Farmacología, existe una epidemia de sobremedicación, con fármacos peligrosos, añado yo.